Sorry, Mr. Puigdemont. Democracy is not bending the knee whether you like it or not

Democracy is the rule of the many, with due respect to the few. Both sides of the coin are indispensable, and neither of them can break the other. The rule of the many, called majority, is granted by the rules of the game: the set of agreements which the political community, on its very foundational moment, agreed on. And the due respect to the few, called rights, is also granted in the same set of rules, because if the majority were to be always right and its will always sovereign, there would be no point in having rules at all.

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Por qué esto nunca debió haber pasado

Durante estas últimas 48 horas ha tenido lugar en el Parlamento de Cataluña una tragedia. No es una exageración, y sí una calificación polifacética. Una tragedia en el sentido teatral, pues se escenificó una obra cuyo guion fue escrito hace meses. Y una tragedia en sentido sentimental, valga la redundancia, porque a un demócrata le deberían poner los pelos de punta algunos de los momentos que se vivieron en ese hemiciclo histórico.

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Hagan lo que quieran, pero no me mientan

Hace mucho que no escribo, y honestamente tengo que reconocer que es porque no me apetece. Por una serie de motivos que no vienen al caso, últimamente no quiero entrar en el debate político porque, sinceramente, no creo que merezca la pena. Al margen de la proverbial cita de Machado, que cada día es más cierta —«en España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa»—, aportar razones no le importa a casi nadie. Enriquecer —tratar de enriquecer, más bien— el debate no sirve para mucho. Baste con recordar que el señor Presidente dice que no tiene «tiempo para hacer política» porque, atención, está «muy ocupado gobernando», como si hacer política fuera otra cosa muy diferente. 

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A Antonio Navalón, de un Millennial

Publica usted hoy en El País un artículo de los que se queda uno a gusto después de escribirlos. Le imagino reclinándose en su silla tras terminarlo, con un resoplido de alivio tras haber desahogado su frustración con esta generación, la mía, de irresponsables, incívicos, sordos y carentes de futuro. No me cabe duda de que le quita el sueño por las noches el pensar en nuestra grave situación, incapaces de alcanzar los éxitos que su generación, que hoy gobierna, nos deja a nosotros y a la historia. Qué harán estos inútiles, pensará usted, perdidos en Twitter y en Instagram, incapaces de procurarse nada por sí mismos y que, para colmo, votan de vez en cuando y su voto atolondrado vale lo mismo que el mío.

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A strong and stable oblivion

Treinta y un escaños, nada menos, han ganado los laboristas de Jeremy Corbyn en las elecciones convocadas para enviarlos al olvido, en inglés oblivion. Hace apenas un mes, cuando la primera ministra Theresa May rompió su palabra y, en la cresta de la ola de los sondeos, convocó elecciones por sorpresa, lo único que se calculaba era la dimensión de la derrota laborista. Sin embargo, Corbyn, el Pedro Sánchez de la política británica –en Londres no llegaron a acuchillarle, pero estuvieron cerca y él respondió ganando unas primarias–, se ha quedado a las puertas de Downing Street gracias a que los independentistas escoceses han perdido participación y han hecho una campaña tan mala como la de la primera ministra, cediendo doce escaños clave a los conservadores. Y, sobre todo, gracias a la mayor brecha generacional de las últimas décadas.

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